Los resultados de una reciente encuesta no pueden ser más evidentes. El interés creciente de la feligresía por el rito tradicional va en aumento. Este interés es particularmente destacable en Europa, en donde los abusos litúrgicos y el relativismo religioso han deformado las formas de la Iglesia Católica Conciliar hasta volverla en una versión “light” y frívola, nada distante de los descabellados ritualismos que se puede hallar en la feria de las vanidades “cristianas”, en donde cada culto protestante se acomoda a los intereses del “mercado”, reduciendo finalmente la religiosidad a un asunto de marketing, publicidad y concesiones a Moloch –asi, sin medias tintas-.
Como saben mis lectores habituales, yo no soy un lefebvrista cuadriculado, ni mucho menos un sedevacantista rabioso. Hay aspectos de la Iglesia Católica contemporánea que han sido satisfactoriamente incorporados en la praxis, pero creo que esto ocurre porque se hallan en satisfactoria sintonía con el espíritu de las primeras comunidades y de los santos Padres: la Doctrina Social de la Iglesia es uno de ellos, sino el más destacable. También lo está la dinamización de las comunidades laicas como protagonistas del proceso evangelizador. Inclusive me parece plausible cierta actitud “ligera” de algunas comunidades juveniles o ciertos ministerios de salmistas y cantantes, siempre y cuando estos se circunscriban a un ámbito extralitúrgico. Vale decir, el folk o el pop religioso está bueno –y hasta es recomendable- para las radios o los conciertos; ¡pero no para la misa!!!
Y no es que –como pretende acusársenos a veces a los tradicionalistas moderados- estemos anclados a formulas devocionales “caducas o pasadas de moda” (como si los asuntos de fe estuvieran sometidas a los caprichos de las pasarelas en Milano o París), sino que, en esencia, concedemos una vital importancia al aspecto devocional puro y exaltado que solo se consigue por la contemplación íntima y reverente. Esta riqueza, estamos convencidos, solo se observa en las fórmulas tradicionales.
El ritualismo moderno es falsificadamente “emocional”; infunde estados afectivos mediocres similares a los que se puede obtener en un partido de soccer o un concierto de rock; pero estos estados emocionales –bien lo sabemos- no son sino pasajeros, deforman la sensibilidad y esclavizan los sentidos a las aficiones contingentes: quién siente una particular emoción con un cántico o un impulso profano, espúreamente introducido en la liturgia, de igual modo será extremadamente susceptible a las sugestiones de la publicidad mundana, a los efectos subliminales de la música ligera, o al franco hipnotismo de los políticos o predicadores herejes.
La actitud devocional íntima en cambio, la que surge de la silente contemplación y deleite en el Crucificado o la Transubstanciación Eucarística es distinta. Ya que es una “emoción” objetiva, liberadora, y que lejos de crear un condicionamiento a los efectos hipnóticos del mundo, o procrear adicciones “psico-emocionales”, tiende a alejarnos de tan infames embelecos, refugiándonos en el sosiego de la Paz Interior. Nada menos que la “Philokalia” de los místicos cristianos. El alma infundida de este tipo de contemplación solo se satisface en Dios y no tiene otro afán que la santidad. Es una “sed”, no una adicción.
La falta de comprensión con respecto a esta inmensa verdad es la incapacidad de muchos psicólogos modernos para diferenciar emociones superiores de las aquellas otras inferiores y degeneradas.
Todas las formas religiosas puras han sido conscientes de eso. Por ello propician en sus rituales encender el ánimo hacia la contemplación interior. Así acontece en el budismo o en el sufismo islámico –que por cierto, lo mismo que todas las religiones que se precien de serlo, jamás han cambiado los rituales con la finalidad de adecuarlos a “la sensibilidad del hombre moderno”; eso sería simplemente una herejía-. Solo en las religiones degeneradas y brutales, como la de las tribus más salvajes, precisan de estimularse mediante emocionalismos provocados de tipo inferior (ritmos de tambores, drogas, danzas frenéticas).
Considerar que el hombre contemporáneo busca rock en la misa y no un cántico gregoriano es algo que desmienten las encuestas y, muchas veces, hasta las listas billboard. Creer que el hombre busca religiones que pueda “entender lingüísticamente” es una barbaridad que desmiente el creciente número de adeptos a las sectas “new age” –en donde se recitan salmodias en sánscrito y mantrams rocambolescos- . Ver a multitudes de jóvenes cantar el “hare Krishna”, practicar la meditación zen o recitar el “Gayatri Mantram” debería ser mas que evidente para enrostrar a los ultramodernistas lo descabellado de sus ideas, y lo mediocre de su percepción de la individualidad mística.
Como saben mis lectores habituales, yo no soy un lefebvrista cuadriculado, ni mucho menos un sedevacantista rabioso. Hay aspectos de la Iglesia Católica contemporánea que han sido satisfactoriamente incorporados en la praxis, pero creo que esto ocurre porque se hallan en satisfactoria sintonía con el espíritu de las primeras comunidades y de los santos Padres: la Doctrina Social de la Iglesia es uno de ellos, sino el más destacable. También lo está la dinamización de las comunidades laicas como protagonistas del proceso evangelizador. Inclusive me parece plausible cierta actitud “ligera” de algunas comunidades juveniles o ciertos ministerios de salmistas y cantantes, siempre y cuando estos se circunscriban a un ámbito extralitúrgico. Vale decir, el folk o el pop religioso está bueno –y hasta es recomendable- para las radios o los conciertos; ¡pero no para la misa!!!Y no es que –como pretende acusársenos a veces a los tradicionalistas moderados- estemos anclados a formulas devocionales “caducas o pasadas de moda” (como si los asuntos de fe estuvieran sometidas a los caprichos de las pasarelas en Milano o París), sino que, en esencia, concedemos una vital importancia al aspecto devocional puro y exaltado que solo se consigue por la contemplación íntima y reverente. Esta riqueza, estamos convencidos, solo se observa en las fórmulas tradicionales.
El ritualismo moderno es falsificadamente “emocional”; infunde estados afectivos mediocres similares a los que se puede obtener en un partido de soccer o un concierto de rock; pero estos estados emocionales –bien lo sabemos- no son sino pasajeros, deforman la sensibilidad y esclavizan los sentidos a las aficiones contingentes: quién siente una particular emoción con un cántico o un impulso profano, espúreamente introducido en la liturgia, de igual modo será extremadamente susceptible a las sugestiones de la publicidad mundana, a los efectos subliminales de la música ligera, o al franco hipnotismo de los políticos o predicadores herejes.
La actitud devocional íntima en cambio, la que surge de la silente contemplación y deleite en el Crucificado o la Transubstanciación Eucarística es distinta. Ya que es una “emoción” objetiva, liberadora, y que lejos de crear un condicionamiento a los efectos hipnóticos del mundo, o procrear adicciones “psico-emocionales”, tiende a alejarnos de tan infames embelecos, refugiándonos en el sosiego de la Paz Interior. Nada menos que la “Philokalia” de los místicos cristianos. El alma infundida de este tipo de contemplación solo se satisface en Dios y no tiene otro afán que la santidad. Es una “sed”, no una adicción.
La falta de comprensión con respecto a esta inmensa verdad es la incapacidad de muchos psicólogos modernos para diferenciar emociones superiores de las aquellas otras inferiores y degeneradas.
Todas las formas religiosas puras han sido conscientes de eso. Por ello propician en sus rituales encender el ánimo hacia la contemplación interior. Así acontece en el budismo o en el sufismo islámico –que por cierto, lo mismo que todas las religiones que se precien de serlo, jamás han cambiado los rituales con la finalidad de adecuarlos a “la sensibilidad del hombre moderno”; eso sería simplemente una herejía-. Solo en las religiones degeneradas y brutales, como la de las tribus más salvajes, precisan de estimularse mediante emocionalismos provocados de tipo inferior (ritmos de tambores, drogas, danzas frenéticas).
Considerar que el hombre contemporáneo busca rock en la misa y no un cántico gregoriano es algo que desmienten las encuestas y, muchas veces, hasta las listas billboard. Creer que el hombre busca religiones que pueda “entender lingüísticamente” es una barbaridad que desmiente el creciente número de adeptos a las sectas “new age” –en donde se recitan salmodias en sánscrito y mantrams rocambolescos- . Ver a multitudes de jóvenes cantar el “hare Krishna”, practicar la meditación zen o recitar el “Gayatri Mantram” debería ser mas que evidente para enrostrar a los ultramodernistas lo descabellado de sus ideas, y lo mediocre de su percepción de la individualidad mística.
Tal vez pueda comprenderse mejor esto si leemos los argumentos esgrimidos por el intelectual Luis Racionero recientemente.
Es la perdida del sentido de lo sagrado, de lo metafísico y de lo sacro lo que deja los templos en ruinas más lamentables que las de Haití y los seminarios en desiertos sin oasis. El hombre busca sin cesar un sosiego a su nostalgia por la santidad en parajes propicios…Y mientras tanto la iglesia le ofrece coros de jovencitos que aúllan peor que lobos de “Crepúsculo” y monjas bailando reggaetón.
Buscamos mística y…no se oye, Padre.
Buscamos mística y…no se oye, Padre.





















