sábado, febrero 06, 2010

No se oye, Padre

Los resultados de una reciente encuesta no pueden ser más evidentes. El interés creciente de la feligresía por el rito tradicional va en aumento. Este interés es particularmente destacable en Europa, en donde los abusos litúrgicos y el relativismo religioso han deformado las formas de la Iglesia Católica Conciliar hasta volverla en una versión “light” y frívola, nada distante de los descabellados ritualismos que se puede hallar en la feria de las vanidades “cristianas”, en donde cada culto protestante se acomoda a los intereses del “mercado”, reduciendo finalmente la religiosidad a un asunto de marketing, publicidad y concesiones a Moloch –asi, sin medias tintas-.
Como saben mis lectores habituales, yo no soy un lefebvrista cuadriculado, ni mucho menos un sedevacantista rabioso. Hay aspectos de la Iglesia Católica contemporánea que han sido satisfactoriamente incorporados en la praxis, pero creo que esto ocurre porque se hallan en satisfactoria sintonía con el espíritu de las primeras comunidades y de los santos Padres: la Doctrina Social de la Iglesia es uno de ellos, sino el más destacable. También lo está la dinamización de las comunidades laicas como protagonistas del proceso evangelizador. Inclusive me parece plausible cierta actitud “ligera” de algunas comunidades juveniles o ciertos ministerios de salmistas y cantantes, siempre y cuando estos se circunscriban a un ámbito extralitúrgico. Vale decir, el folk o el pop religioso está bueno –y hasta es recomendable- para las radios o los conciertos; ¡pero no para la misa!!!
Y no es que –como pretende acusársenos a veces a los tradicionalistas moderados- estemos anclados a formulas devocionales “caducas o pasadas de moda” (como si los asuntos de fe estuvieran sometidas a los caprichos de las pasarelas en Milano o París), sino que, en esencia, concedemos una vital importancia al aspecto devocional puro y exaltado que solo se consigue por la contemplación íntima y reverente. Esta riqueza, estamos convencidos, solo se observa en las fórmulas tradicionales.
El ritualismo moderno es falsificadamente “emocional”; infunde estados afectivos mediocres similares a los que se puede obtener en un partido de soccer o un concierto de rock; pero estos estados emocionales –bien lo sabemos- no son sino pasajeros, deforman la sensibilidad y esclavizan los sentidos a las aficiones contingentes: quién siente una particular emoción con un cántico o un impulso profano, espúreamente introducido en la liturgia, de igual modo será extremadamente susceptible a las sugestiones de la publicidad mundana, a los efectos subliminales de la música ligera, o al franco hipnotismo de los políticos o predicadores herejes.
La actitud devocional íntima en cambio, la que surge de la silente contemplación y deleite en el Crucificado o la Transubstanciación Eucarística es distinta. Ya que es una “emoción” objetiva, liberadora, y que lejos de crear un condicionamiento a los efectos hipnóticos del mundo, o procrear adicciones “psico-emocionales”, tiende a alejarnos de tan infames embelecos, refugiándonos en el sosiego de la Paz Interior. Nada menos que la “Philokalia” de los místicos cristianos. El alma infundida de este tipo de contemplación solo se satisface en Dios y no tiene otro afán que la santidad. Es una “sed”, no una adicción.
La falta de comprensión con respecto a esta inmensa verdad es la incapacidad de muchos psicólogos modernos para diferenciar emociones superiores de las aquellas otras inferiores y degeneradas.
Todas las formas religiosas puras han sido conscientes de eso. Por ello propician en sus rituales encender el ánimo hacia la contemplación interior. Así acontece en el budismo o en el sufismo islámico –que por cierto, lo mismo que todas las religiones que se precien de serlo, jamás han cambiado los rituales con la finalidad de adecuarlos a “la sensibilidad del hombre moderno”; eso sería simplemente una herejía-. Solo en las religiones degeneradas y brutales, como la de las tribus más salvajes, precisan de estimularse mediante emocionalismos provocados de tipo inferior (ritmos de tambores, drogas, danzas frenéticas).
Considerar que el hombre contemporáneo busca rock en la misa y no un cántico gregoriano es algo que desmienten las encuestas y, muchas veces, hasta las listas billboard. Creer que el hombre busca religiones que pueda “entender lingüísticamente” es una barbaridad que desmiente el creciente número de adeptos a las sectas “new age” –en donde se recitan salmodias en sánscrito y mantrams rocambolescos- . Ver a multitudes de jóvenes cantar el “hare Krishna”, practicar la meditación zen o recitar el “Gayatri Mantram” debería ser mas que evidente para enrostrar a los ultramodernistas lo descabellado de sus ideas, y lo mediocre de su percepción de la individualidad mística.

Tal vez pueda comprenderse mejor esto si leemos los argumentos esgrimidos por el intelectual Luis Racionero recientemente.

Es la perdida del sentido de lo sagrado, de lo metafísico y de lo sacro lo que deja los templos en ruinas más lamentables que las de Haití y los seminarios en desiertos sin oasis. El hombre busca sin cesar un sosiego a su nostalgia por la santidad en parajes propicios…Y mientras tanto la iglesia le ofrece coros de jovencitos que aúllan peor que lobos de “Crepúsculo” y monjas bailando reggaetón.
Buscamos mística y…no se oye, Padre.

domingo, enero 31, 2010

Por qué no es santo

Hace poco el postulador de la causa de beatificación del beato Papa Juan Pablo II, P. Slawomir Oder, presentó un libro sobre este recordado Pontífice titulado "Por qué es santo", en el que explica las razones que considera deben llevar al susodicho pontífice a los altares.
En lo particular considero que Juan Pablo II, a pesar de ser un personaje del que nadie puede dudar de sus notables cualidades, y de su importancia en el protagonismo político moderno, no debería ser considerado santo; puesto que aparte de sus nobles propósitos y su correcta conducta ha debido además preservar fundamentos de la fe católica de los cuales se ha desviado peligrosamente durante su pontificado en pro de dogmas mas bien gnósticos, cuando no francamente descabellados.
A un Sumo Pontífice se le debe exigir además de una disposición para la santidad (el susodicho autor refiere que JPII hasta se autoflagelaba) una rectitud doctrinal que, como se verá no se ha cuidado de preservar.
Enumeramos aqui algunas de las herejías promovidas por Juan Pablo II, las mismas que fueron enumeradas por ya varios teólogos. Me circunscribo a la lista de 101 herejía de Juan Pablo II que expone
Elias Bernard, que es bastante conocida.
La revisión de estas herejías debe comprenderse muy bien dentro de lo que es verdaderamente católico. Para ello hay que conocer la Santa Tradición y confrontarla con el pensamiento de Juan Pablo II.
El Pbro. Basilio Meramo lo expone muy bien :

"La mentalidad de Juan Pablo II fue gravemente distorsionada desde su más tierna juventud, seguida de sucesivas etapas que lo llevaron a ser el hombre que la revolución y el ecumenismo necesitaba como podemos ver por las alusiones que él mismo hace: «Permítame que me refiera a los años de mi primera juventud... Antes de entrar en el seminario, me encontré a un laico llamado Jan Tyranowski, que era un verdadero místico. Aquel hombre, que considero un santo, me dió a conocer a los grandes místicos españoles y, especialmente, a San Juan de la Cruz... aquí tuvieron un papel esencial las palabras de mi padre, porque me orientaron a que fuera un verdadero adorador de Dios... Encontré la Iglesia como comunidad de salvación. En esta Iglesia encontré mi puesto y mi vocación... Comprendí a qué precio hemos sido redimidos. Y todo esto me introdujo aún más profundamente en el misterio de la Iglesia, que tiene una dimensión invisible. Lo ha recordado el Concilio. Este misterio es más grande que la sola estructura visible de la Iglesia y su organización. Estructura y organización sirven al misterio. La Iglesia, como cuerpo místico de Cristo, penetra en todos y a todos comprende. Sus dimensiones espirituales, místicas, son mucho mayores de cuanto puedan demostrar todas las estadísticas sociológicas». (Cruzando... p. 148-149). Aquí están condensados todos lo errores de Juan Pablo II, y que van poco a poco a desplegarse en una concepción de la Iglesia completamente errónea y herética.
Juan Pablo II deja ver la concepción que tiene de la Iglesia. Esta nueva noción de la Iglesia como «dimensión invisible» más allá que la «estructura visible de la Iglesia» que «penetra en todos y a todos comprende, pues sus «dimensiones espirituales, místicas» son mayores que la Iglesia visible jerárquica.
De esta noción «mística», «espiritual» de la Iglesia, es decir de una concepción trascendental de la Iglesia se derivan los demás errores de Juan Pablo II sobre la Iglesia y la salvación de las almas, como más adelante veremos.
Juan Pablo II hace referencia al ámbito polaco como altamente propicio para el Ecumenismo, que él lleva en la sangre: «...es oportuno detenerse en la iniciativa del Concilio Vaticano II de reactualizar la vía ecuménica en la historia de la Iglesia. Esta vía me es muy querida; provengo de una nación que, teniendo fama de ser sobre todo católica, tiene también enraizadas tradiciones ecuménicas. A lo largo de los siglos de su milenaria historia, Polonia ha vivido la experiencia de ser un Estado de muchas nacionalidades y de muchas confesiones cristianas, y no sólo cristianas. Tales tradiciones hicieron y hacen que un aspecto positivo de la mentalidad de los polacos sea la tolerancia y la apertura hacia la gente que piensa de modo distinto, que habla otras lenguas, que cree, reza o celebra los mismos misterios de la Fe de modo diferente» (Cruzando... p. 151-152).
Aquí está pintada el alma ecuménica, de tolerancia y de apertura de Juan Pablo II, se diría que tenía que ser un Papa polaco el más indicado para implantar el Ecumenismo de Vaticano II. El curriculum vitae de un Papa polaco era el más apto para el Ecumenismo, a juzgar por lo que dice el mismo Juan Pablo II de la mentalidad de su país, tan favorable a la apertura, la tolerancia y el ecumenismo.
Según Juan Pablo II hay una íntima afinidad entre Polonia y el ecumenismo, el pluralismo religioso, justificándolo así: «el mutuo respeto es condición previa para un auténtico ecumenismo. He recordado poco antes las experiencias vividas en el país donde nací, y he subrayado cómo los acontecimientos de su historia formaron una sociedad pluriconfesional y plurinacional, caracterizada por una gran tolerancia. En los tiempos en que en Occidente tenían lugar procesos y se encendían hogueras para los herejes, el último rey polaco de la estirpe de los Jaghelloni dio prueba de ello con estas palabras: ‘No soy rey de vuestras conciencias’.» (Cruzando... p. 160).
Esto nos revela la mentalidad modernista de Juan Pablo II y de su espíritu profundamente ecumenista, pluralista, interconfesional, tal como lo exige la revolución introducida en la Iglesia y que se expresa, entre otras cosas, por la desdichada libertad religiosa.
Otra de las facetas de la mentalidad de Juan Pablo II nos la dan sus amistades con las cuales tiene una profunda afinidad. No en vano existe el dicho: dime con quién andas y te diré quién eres. Estas amistades, como declara Juan Pablo II, y por las que tiene gran admiración son Yves Congar y Henri De Lubac, ambos teólogos progresistas y en gran parte responsables de los errores doctrinales actuales.
En estos términos se expresa Juan Pablo II de estos dos siniestros teólogos: «Mucho debo en particular al Padre Yves Congar y al Padre Henri De Lubac. Recuerdo todavía hoy las palabras con que éste último me animó a perseverar en la línea que había yo definido durante las discusiones. Esto sucedía cuando las sesiones se desarrollaban ya en el Vaticano. Desde aquel momento estreché una especial amistad con el Padre De Lubac.» (Cruzando... p 165).
Se comprende así cómo Juan Pablo II los elevó al cardenalato para gratificarle su deuda y manifestarle su aprecio a estos dos personajes, pudiendo nosotros afirmar que Henri De Lubac, es un hereje, ateniéndonos a las consideraciones del Cardenal Siri y del Padre Meinville, pues niega la gratitud de la gracia: «En 1946 (dice el Cardenal Siri), publicó su libro ‘Lo Sobrenatural’, donde expresa todo su pensamiento de entonces. Afirmaba que el orden sobrenatural está exigido necesariamente por el orden natural. Como consecuencia de este concepto, fatalmente se derivaba que el don del orden sobrenatural no es gratuito porque es deudor de la naturaleza. Entonces, excluida la gratitud del orden sobrenatural, la naturaleza, por el hecho de existir, se identifica con lo sobrenatural.» (Getsemaní. ed. Cete. Avila 1981 p. 57-58). Esto es herético, evidentemente. Además, el Cardenal Siri deja muy en clara la desviación de De Lubac: «De todas maneras, el Padre De Lubac habla de un ‘deseo natural absoluto’ de la visión de Dios. Esta noción de deseo natural absoluto, a pesar de todos lo esfuerzos especulativos empleados excluye la gratitud de lo sobrenatural, es decir de la visión beatífica.» (Getzemani 9. 65). Con tamaña herejía se congratula haciendo de este hereje un Cardenal.
El Padre Meinvielle señala también el mismo error y lo tilda de gnóstico y cabalista: «Esta idea del rechazo del extrinsecismo es importante en el tratado de la gracia y de la destinación del hombre a lo sobrenatural. Se quisiera excluir la gracia y la vocación sobrenatural del hombre a la gloria y a la gracia, como dones puramente gratuitos, como dones que vienen de afuera. Se quisiera insinuar, que de alguna manera, hay una exigencia del hombre. Henri De Lubac, con su ‘surnaturel’ es el autor más representativo de esta corriente que es evidentemente gnóstica o cabalística.» (De la Cábala al Progresismo. Ed. Calchaquí, Salta-Argentina, 1970. p. 422).
Monseñor Spadafora no titubea al afirmar también la herejía de Henri De Lubac cuando dice que: «El Papa Karol Wojtyla, admirador entusiasta del herético Padre Henri de Lubac, a quien hizo Cardenal». (La Nouvelle Théologie. ed. Courier de Rome. 1994. pp.7).
Respecto a Congar, tenemos que adhiere a Maritain, como hace ver el Padre Meinvielle cuando dice: «Por ello, la responsabilidad de Maritain que en su ‘Humanismo Integral’ inició, allá por la década del 30, el actual Progresismo. De aquí también la responsabilidad del teólogo Ives Congar, O.P. que, al adherirse a Maritain y a Mounier en la destrucción de la cristiandad, ha contribuído al actual progresismo». (Un Progresismo Vergonzante. ed. Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1967. p. 7).
De otra parte el Padre Meinvielle recalca: «El Padre Congar, al pretender reencontrar a Dios-Hombre-Mundo y excluir por otro lado, de este Mundo y de este Hombre la vida pública, separa al mundo y al hombre de la Iglesia. El planteamiento de Congar es por lo mismo contradictorio, como lo es el de Teilhard, a quien invoca, ya que el mundo que este pensador quiere conciliar con la Iglesia es el mundo moderno; no sale el mundo de Dios sino Dios del mundo. ¿Ignora Congar que el mundo moderno, en su racionalismo, está impulsado por la soberbia de creerse Dios? Los estudios del famoso Cardenal Pie denunciando precisamente esta soberbia de un mundo que ha apostatado de la Iglesia, de Cristo y de Dios mantienen toda su actualidad.» (La Iglesia y el Mundo Moderno. Ed. Theoria, Buenos Aires, 1966. p. 106).
Estos son los amigos de Juan Pablo II, hechos Cardenales de la Iglesia, en premio a sus ideas progresistas y modernistas que son también las suyas propias.
Otro personaje que revela la mentalidad de Juan Pablo II es el gnóstico Mircea Eliade a quien cita en su libro como alguien importante: «por eso, para el pensamiento contemporáneo es importante la filosofía de la religión; por ejemplo, la de Mircea Eliade...» (Cruzando... p. 56).
Todas estas afinidades de Juan Pablo II ayudan a comprender su pensamiento y nos permiten ver la veta de sus errores y herejías.

Esta es solo una parte del interesante texto del Pbro. Basilio Meramo que recomiendo leer para comprender mejor el contexto de las ya citadas las herejías gnósticas que enunció Juan Pablo II.

JUAN PABLO II GNOSTICO

El pensamiento Gnóstico de Juan Pablo II está presente en todas partes, pero muy particularmente en su Encíclica "Veritatis Splendor".

Repasemos parte del enlace:

El error de la gnosis está en no saber distinguir, tal como lo hace Santo Tomás, entre la esencia como idea por la cual Dios conoce las cosas y la esencia de Dios en sí misma. El texto de Santo Tomás que impide el error de la gnosis dice así: "Deus per essentiam suam se et alia cognoscat, tamen essentia sua est principium operativum aliarum, non autem sui ipsius: et ideo habet rationem idea secundum quod ad alía comparatur, non autem secundum quod comparatur ad ipsum Deum". (S.Th. l: q. 15, a. 1, ad.2). "Si bien Dios se conoce a sí mismo y a los otros seres por su esencia, sin embargo, la esencia divina, que es principio operativo de lo demás, no lo es de sí mismo, y, por consiguiente, tiene razón de idea si se la compara con las cosas, pero no comparada con el mismo Dios".

Los gnósticos no entienden esto y así identifican las ideas divinas que en Dios son su misma esencia, con las ideas de las cosas, como divinas.

Para la gnosis, el Pecado Original alteró o deformó la imagen y semejanza del hombre pero no admite que haya perdido la semejanza (similitudo Dei), pues pertenece a la naturaleza del hombre, siendo tan sólo susceptible de alteración o deformación, pero no de pérdida absoluta y total.
La doctrina católica, en cambio, enseña que el hombre perdió la semejanza (justicia original, gracia santificante) y que la imagen (naturaleza) quedó integra, aunque vulnerada o debilitada.
Santo Tomás enseña así: "Defectus autem originalis iustitiae est peccatum originale" (S. Th. I-II, q. 81, a. 5, ad. 2)."Et ideo omnes vires animae remanent quodammodo destitutae proprio ordine, quo naturaliter ordinatuntur ad virtutem: et ipsa destitutio vulneratio naturae dicitur" (S. Th. 1-11, q. 85, a. 3).
El error de Vaticano II y de Juan Pablo II halla su fundamento en la doctrina de la gnosis que Borella expone.
Borella, en consonancia con Juan Pablo II, afirma: "El hombre es la imagen de Dios... esta imagen es semejante... es conforme a su Modelo, es decir que en su naturaleza, el hombre se asemeja a Dios" ("La Char.", p. 144). El decir que el hombre en su naturaleza se asemeja o es semejante a Dios, es en sí mismo un error contrario al Dogma Católico y por lo tanto una herejía. Además, se explica porque la semejanza fue tan sólo deformada o alterada pero no quitada o perdida, pues pertenece a la naturaleza y como tal no puede perderse sin que se aniquile al hombre. Pero por si fuera poco Borella reafirma su error diciendo (en un texto ya citado en la p. 11): "El hombre es, en efecto, no solamente Dios para el mundo, sino también en él mismo" (Ibid., p. 144). Pues: "
La semejanza indica la persona espiritual. Y se la nombra en segundo lugar porque es como una consecuencia de la imagen, está implicada en la imagen. Por eso, la imagen es, por otra parte, la única que se menciona a veces" (Ibid., p. 144). "En la medida que es imagen de Dios, el hombre es una forma de la gloria, pues no es imagen de Dios sino en la medida que refleja la irradiación cósmica de lo divino" (p. 140.)
Se ve cómo la doctrina de fondo de la "nueva teología" de Juan Pablo II y del Profesor Borella, es la misma, y ella es la gnosis..."

El Ecumenismo de la Iglesia postconciliar es la gnosis dentro de la Iglesia, es la judaización de la misma, es la cabalización de la Doctrina, del culto y de la moral católicas. Es el humo de Satanás en el lugar santo: "Roma perderá la fe y será la Sede del Anticristo", profetizó Nuestra Señora de La Salette. La judaización del mundo no debe asombrarnos, pues como expresa León de Poncins: "Extranjero entre los pueblos, negándose a la conversión y a la asimilación, constituyendo un Estado dentro del Estado, el judío se dedica incansablemente a judaizar a las naciones" ("El Judaismo y la Cristiandad", ed. Acervo, Barcelona, 1966, p. 120) y citando en la página siguiente una declaración muy significativa de Marx cuyo origen hebreo es manifiesto: "Los judíos se han convertido en la medida en que los cristianos se han convertido en judíos."
Juan Pablo II, Desgraciadamente, se dejó seducir por la tradición gnóstico-cabalística y propició el sincretismo religioso ecuménico gnóstico-personalista; es un hecho, sus obras lo manifiestan. La Encíclica "Veritatis Splendor" es, ni más ni menos, que el esplendor de la verdad gnóstica, que nos manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre.
Juan Pablo II estuvo imbuido hasta los tuétanos del sentir y del pensar gnósticos. La Encíclica no hace más que reafirmar el personalismo neopelagiano.
Se tergiversa la noción de la "imago Dei", del "capax Dei", según la perspectiva de la gnosis. El misterio de la Encarnación no se salva de esta consideración. La moral, no es más que la moral del personalismo, de la dignidad de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, condenando todo lo que pueda afectar estos principios. Es la moral ecuménica, antropocéntrica, basada en la dignidad del hombre y de sus derechos inalienables, tales como la libertad de conciencia y de culto (libertad religiosa).
No nos queda más que comprobar con los hechos, los planes de la Sinarquía, propalado por un alto iniciado en la gnosis y la masonería: "El abate Roca (1830-1893), sacerdote apóstata, se dedicó a las ciencias ocultas y mantuvo relaciones con grandes iniciados de la época... Interdicto por Roma, continuó sin embargo, hablando y actuando como si perteneciere a la Iglesia, predicando la rebelión y anunciando el próximo advenimiento de la 'divina Sinarquía', bajo la autoridad de un Papa convertido al cristianismo científico. Saint-Yves d'Alveydre ha trazado en sus obras las grandes líneas de la Iglesia Universal,
pandemonio de todas las religiones y de todas las sectas, bajo el imperio de la Teocracia. Roca comprendió que, para realizarla, era menester introducir en el clero otra concepción de los dogmas, insuflarle, sin que lo adviertiese, un universalismo masónico, adoctrinarle en la trascendencia de la Gnosis sobre la fe, de la unión íntima de lo oculto y del cristianismo..." ("La Igl.", p. 248). Ni más ni menos que la nueva iglesia ecuménica, que Vaticano II impuso y que Juan Pablo II predicó.

En último de los casos si se le va a decir "santo", que sea un "santo gnóstico" como Paracelso o Jacob Boheme, pero que no se diga que es un santo católico, porque como se ve, Juan Pablo II ha tenido muy poco de ello.

martes, enero 26, 2010

Herejía en la Catedral

Recientemente me tocó – lamentablemente- ser testigo una vez más de un hecho que me demuestra que la propagación de herejías de raigambre protestante en el interior mismo de la Catedral de Huancayo están siendo cada vez más extendidas.
No hablemos ya de las estrafalarias piruetas de los circuitos pro heréticos como los “carismáticos” y sus “misas de sanación”, con sus predicaciones al más puro estilo de las sectas mas pestilentes del averno y sus pertinentes “imposiciones de manos “ para el momento cumbre de un circo de gritos y enajenaciones.( Imposiciones que, por cierto, tienen más en común con las prácticas espiritistas que con la discreta curación individual de la que hicieron gala los santos). No hablemos tampoco de los “hermanitos tres puntos” que cargan procesiones , como si se olvidaran de su calidad de sacrílegos, que hasta de se dan el lujo de acaparar para sí puestos de honor en unas cofradías que más parecen clubes de meros borrachos perdidos. Ni hablemos , mucho menos, de los marxistas disimulados, los sodomitas confesos y las feminazis que hacen de las suyas en las Oficinas Sociales de la Arquidiócesis. No. La nueva perla en este festín de Asmodeo son los laicos que se atreven a dar la comunión como si fueran sacerdotes consagrados.
El pueblo incauto no se da cuenta seguramente que esta execrable práctica es una evidencia palpable del triunfo del protestantismo dentro mismo de la Catedral de Huancayo. En efecto, los protestantes eran particularmente sensibles al simbolismo de las ceremonias litúrgicas, por lo que se prestó una atención especial a la eliminación de todo lo que podría perpetuar la creencia en un sacerdocio sacrifical y la posesión de poderes negados a los laicos, o en la presencia real de Cristo en el sacramento.
En 1549, por ejemplo, el Reformador Cranmer en su Servicio de Comunión, permitió que el sacramento fuera colocado por el ministro en la lengua del comulgante. Esto fue duramente criticado por Martín Bucero, quien exigió que se debiera dar la Comunión en la mano. Cranmer atendió la queja y cambió la rúbrica para su libro de oración de 1552, poniéndola en consonancia con la práctica protestante en el continente. Las razones que Bucero da para insistir en este cambio son bastante claras:
“No veo cómo la séptima sección que requiere que el pan del Señor no sea puesto en la mano sino en la boca del receptor, pueda ser consistente. Ciertamente, la razón dada en esta sección, se dice, es que no sea que los que reciben el pan del Señor no lo coman, sino que se lo lleven con ellos para darle un mal uso de superstición o de horrible maldad, no es, me parece a mí, concluyente, porque el ministro puede ver fácilmente cuando pone el pan en la mano si se come o no. De hecho, no tengo ninguna duda de que este uso de no poner el sacramento en las manos de los fieles se ha introducido por una doble superstición: en primer lugar, el falso honor que se desea mostrar a este sacramento, y en segundo lugar, la arrogancia de los malvados sacerdotes que reclaman mayor santidad que la de la gente de Cristo, en virtud de el óleo de su consagración. El Señor sin duda dio estos, sus símbolos sagrados, en las manos de los Apóstoles y nadie que haya leído los documentos de los antiguos puede poner en duda que este fue el uso observado en las iglesias hasta el advenimiento del Anticristo Romano.“
“Como consecuencia, toda superstición del Anticristo Romano se debe detestar y la sencillez de Cristo y los Apóstoles y las antiguas Iglesias, recordar. Yo quisiera que a los pastores y a los maestros de la gente les sea ordenado ser fieles a enseñar a la gente que es supersticioso y malvado pensar que las manos de aquellos que verdaderamente creen en Cristo son menos puras que sus bocas, o que las manos de los ministros son más santas que las manos de los laicos, de modo que sería malo o menos adecuado, como antes se creía erróneamente por la gente común, que los laicos reciban estos sacramentos en la mano, y por lo tanto que se eliminen las indicaciones de esta creencia malvada —– como que los ministros pueden tomar con la mano el sacramento, pero no permitir a los laicos hacerlo y en lugar poner los sacramentos en la boca —– que no sólo es ajeno a lo que fue instituido por el Señor, sino ofensivo para la razón humana.”
“De esta forma los hombres buenos serán fácilmente llevados al punto de todos recibir los símbolos sagrados en la mano, la conformidad en la recepción se mantendrá, y habrá precauciones contra todos los abusos furtivos de los sacramentos. Porque, aunque se puede dar por un tiempo la concesión para aquellos cuya fe es débil, dándoles los sacramentos en la boca cuando lo deseen, si son cuidadosamente enseñados pronto se conformarán con el resto de la Iglesia y tomarán los sacramentos en la mano. ”
Cabe señalar aquí que la consagración de las manos del sacerdote es vista como indicador del privilegio del manejo de la hostia, algo negado en documentos de propaganda tal como “Tomar y Comer”. El hecho de que los reformadores protestantes hayan introducido la comunión en la mano específicamente para negar la doctrina católica sobre el sacerdocio y la presencia real, le dio a la práctica un significado anti-católico a partir de ese momento. Esta era una significación que no poseían en los primeros siglos.
Esta práctica es, pues, totalmente inaceptable en el culto católico y nunca puede ser aceptable. Los protestantes contemporáneos ciertamente no cambiarán a la recepción de la Comunión en la lengua para dar cabida a los católicos, y así, en aras de un falso ecumenismo, los católicos están obligados a aceptar lo que es ahora una práctica específicamente protestante a fin de eliminar cualquier vestigio del respeto externo para el Santísimo Sacramento que aquellos que consideran que no es más que pan, encuentran ofensivo. Esto es algo que no nos debe sorprender es simplemente una continuación lógica del modelo que se inició con la destrucción de la Misa de San Pío V.
Por esta razón invoco a los católicos verdaderos de esta comunidad firmemente anclada en el catolicismo; a esta tierra en la que los Curacas aceptaron de Buena Fe la religión de Cristo y donaron sus riquezas para la construcción de los primeros templos del valle (como la Muy Noble Catalina Huanca en el Templo de San Jerónimo) a negarse rotundamente a recibir la comunión en la mano…y muchísimo menos de las manos inmundas de laicos que no han recibido la consagración especial para ello.

miércoles, enero 13, 2010

Relajación de las costumbres en la vida religiosa contemporánea

Hoy mismo oía a Su Santidad Benedicto XVI recordar, una vez más, que todo auténtico sentido de renovación de la Iglesia ha sido únicamente inspirado por los Santos....repito, por los Santos. No los eruditos inspirados de formación libresca, no los orgullosos pavos que se refocilan en ciencia y filosofía mundana. No por personitas petulantes que se creen que porque militan en ONGs tan reputadas como anticristianas ya pueden irrogarse la facultad de modificar la Tradición Crística. Respecto de ello traigo precisamente a colación un interesante post de Divinas Vocaciones , a modo de reflexión para hoy.


Respecto a la Vida Religiosa y la Iglesia

- Falta de sentido sobrenatural respecto a la Regla y las Constituciones. Éstas no obligan, mucho menos bajo pecado. Son orientaciones para la vida, sin más. No hay reparos en saltarse números de la Regla y Constituciones. La Iglesia enseña que el religioso se santifica en la medida en que observa fielmente y encarna los principios normativos de su Instituto: vivir el Evangelio de Jesucristo según el carisma propio.
- Débil observancia o reformulación del voto de obediencia. Interpretación, según los gustos personales, de la obediencia dialogada. No se ve en el Superior a aquél que hace las veces de Cristo. Individualismo exagerado en aras a una interpretación no católica de la libertad.
- Negativa a vestir el hábito religioso o el vestido talar. Tampoco aceptan el alzacuellos. Visten según la moda del mundo, muchos según la imperante en los años 70. Las religiosas se niegan a vestir según la tradición de sus Institutos por considerarlo un símbolo de la dominación patriarcal de la Iglesia. Religiosas que visten como varones. Religiosos que visten de manera estrafalaria o como si fueran ejecutivos de empresa con chaqueta, corbata, etc.
- Alergia a darse el tratamiento clásico de Padre, Hermano, Madre, Hermana, etc. Se tutean e incluso se ponen motes. No respetan a aquellos que quieren ser tratados según su dignidad religiosa.
- Violación encubierta del voto de pobreza. Bajo la interpretación de que “la verdadera pobreza es la del corazón” no viven las formas tradicionales de pobreza religiosa: comida abundante, personal contratado para su servicio, trajes caros, buenos coches, ordenadores personales, complementos superfluos, etc. Eso sí, se llenan la boca hablando de la justicia social y el compromiso con los pobres, pero viven como burgueses.
- Descontrol en el uso de los medios de comunicación: lectura de cualquier tipo de prensa, televisión, equipos electrónicos personales, abuso del teléfono, acceso ilimitado a Internet. Horas perdidas que pasan delante del televisor y del ordenador. Hay que decir que algunos de estos medios pueden ser motivo grave y comprobado de tentación por sus contenidos y posibilidades.
- Ausencia general del silencio en las comunidades. Ni silencio mayor ni silencio relativo. Verborrea crónica en cualquier lugar y a todas horas. Comidas y cenas en las que se habla y a las que le siguen, “otra vez”, una recreación con charla. Si es norma general la recreación, para compartir con los hermanos después de las comidas, da qué pensar que a un momento de charla le siga otro. Es absurdo. La recreación comunitaria pierde todo su sentido.

- Celebraciones litúrgicas pobres, con abusos y al margen de las rúbricas del Misal Romano. Ley del mínimo esfuerzo en el culto divino. Oficio Divino en comunidad, rezado, mal y deprisa. Sin cantos, exceptuando los de índole profana, sin ceremonial ni progresión solemne. No hay Misa conventual "normalmente". Los frailes, debido a sus compromisos no pueden, y las religiosas van donde les apetezca.
- Formas extravagantes de oración, en ocasiones abiertamente de espiritualidad oriental: oración en corro con cojines en el suelo, sagrarios en el suelo, método yoga, etc.
- Apuesta por el individualismo y la independencia respecto de la comunidad y el Superior. Salen del convento o casa cuando les viene en gana, no dan cuenta de sus gastos (excepto los notables, faltaría más), faltan a los actos comunitarios sin dar satisfacción, etc.
- Confusión respecto a su identidad como religiosos/as y el ser mismo de su Orden. Pretenden que el consagrado sea como el seglar. Eso sí, sin sus obligaciones y deberes, como el tener que vérselas para sustentar una familia, pagar una hipoteca, etc.
- Muchos/as entraron siendo niños entregados por sus padres, debido a los problemas económicos. Religiosos/as que ingresaron para alcanzar cierto status social en "tiempos pasados", de los que hoy echan pestes. Ingresos por desengaños amorosos o por ocultar ciertas desviaciones. De aquellos lodos, estos fangos.
- Exigen sus espacios y tiempos de libertad personal y ocio para salir con sus amistades, frecuentar bares, teatros, cines, actividades deportivas (no para realizarlas sino para acudir a los estadios), ir a la peluquería (caso de muchas religiosas), etc.
- Obsesión por reformular constantemente la vida religiosa conforme a las novedades del momento: abandono de los conventos por pisos, primacía de las actividades externas frente a la vida fraterna común, comunidades reducidas al mínimo, religiosos/as obreras, etc.
- "Titulitis": obsesión por conseguir títulos académicos.

- Actitud contestataria al Magisterio de la Iglesia y apoyo explícito o encubierto a teólogos disidentes o sospechosos como Pagola, Sobrino, Kung, Boff, etc. Gusto por la teología enfrentada al Magisterio oficial.
- Crítica a la figura del Romano Pontífice. Cuestionan la legitimidad de su autoridad y competencias de gobierno sobre toda la Iglesia, incluidos ellos. Relativizan las enseñanzas del Papa, cuando no hacen caso omiso de éstas. Todo lo que viene de Roma les produce sarpullidos. No aman al Papa como a un Padre, ni ven en él al Vicario de Cristo. Lo toleran o lo ignoran, cuando no lo atacan abiertamente, tildándolo de conservador, aliado del poder, etc.
- Se escudan mil y una veces en eso que ellos llaman “espíritu del Concilio Vaticano II”. Sin poner en práctica las disposiciones conciliares, van más allá de la letra del Concilio (que sólo ellos interpretan correctamente) y se escudan en dicho espíritu para innovar, recrear, actuar y pensar como les venga en gana. Interpretaron la “Perfectae Caritatis” (sobre la renovación de la vida religiosa) como quisieron.
- Creen que el Concilio Vaticano II ya está desfasado. Quieren una nueva Iglesia reformada según lo que el "Espíritu" les inspira a ellos: negación de la soberanía suprema del Papa, colegialidad como forma de gobierno, acceso de las mujeres al sacerdocio, aceptación de los protestantes a la comunión eucarística, democracia, etc.
- Relativizan los Dogmas de la Iglesia y ponen en tela de juicio la institución divina de la Iglesia. Lo único infalible son los métodos históricos- críticos que les enseñan que: Jesucristo no tenía conciencia divina, no fundó la Iglesia, no instituyó los Sacramentos, la estructura jerárquica de la Iglesia es fruto de la adopción de las formas mundanas del momento, la Virginidad de María es un mito, la veneración de los Santos una forma supersticiosa y encubierta de paganismo, etc. Todo es relativo.

- La Liturgia no es para Dios sino para los hombres. Se inventan los ritos, las fórmulas de los rituales, hacen y deshacen, según gustos personales, lo que quieren en la Santa Misa y demás oficios litúrgicos. Violan a sabiendas y con plena conciencia las normas de la Iglesia en materia litúrgica. Normas repetidas hasta la saciedad por los Papas y la Sagrada Congregación para el Culto Divino. El abuso litúrgico está a la orden del día. Lo que siguen fielmente según la “tradición” es “pasar el cepillo para la limosna”. Eso no lo infringen.
- Abandono de la confesión individual y sustitución por las absoluciones generales.
- Alergia a las formas clásicas de arte sagrado. Prefieren las imágenes abstractas, los ornamentos simplones (si es que se los ponen para oficiar), los vasos sagrados de materiales innobles, las bancas sin reclinatorio, las mesas (no les gusta llamarlos altares) de formas geométricas extravagantes, el uso de la guitarra y la música profana, etc.
- Alergia al latín litúrgico, al órgano, al canto gregoriano y la música sagrada.
- Abandono de los apostolados tradicionales y dedicación a otros que son ajenos a la tradición de sus Institutos. Todo parece tener cabida en “su retorno a las fuentes”. Obsesión por los pobres y marginados, con los que actúan prácticamente como agentes sociales. No hay predicación del Evangelio, ni enseñanza de la doctrina. Es una labor muy loable y necesaria pero ya hay otros entes en la sociedad especializados en eso. Los religiosos/as no son miembros de una ONG, ni funcionarios de un departamento de asuntos sociales.
- Inexistencia de la instrucción religiosa en sus colegios. ¿Cómo es posible que al terminar el colegio la mayor parte de sus alumnos “pasen de la religión”? Quisieron ser “modernos” para acercarse a la juventud pero la juventud no estaba por la labor. Su nueva pedagogía ha sido un absoluto fracaso. De estos colegios religiosos, ni salen vocaciones, ni cristianos comprometidos. ¿Para qué están entonces? Quizá porque son económicamente rentables… menos capillas y más canchas de baloncesto. Muchas congregaciones viven de estas fábricas de hacer dinero pero cuando no tienen personal religioso, no las suelen dejar a las asociaciones de padres o grupos interesados, no. Lo que prima es vender, que así se hace caja.
- Crítica, calumnia y difamación para los que ellos consideran “antiguos”, “conservadores”, “carcas”, “papistas”, “pre- conciliares”, etc. Los ningunean y los eximen de sus reuniones, congresos, jornadas y demás actividades, a las que son muy propensos, para intentar solucionar el mundo y los problemas de la Iglesia. Entre comilonas y dinámicas infantiles, imponen su modelo eclesial como medio para superar la crisis vocacional, que por otro lado sólo parece afectar a los que se caracterizan por estas notas que estamos señalando.

¿Qué les queda?

- Noviciados vacíos.
- Comunidades envejecidas.
- Cuentas bancarias bien dotadas.
- Innumerables bienes con los que especular.
- Ganas de seguir guerreando y desobedeciendo.
- Orgullo. Mucho orgullo propio para aceptar con humildad que se han equivocado y aprender de aquellos Institutos que con verdadero espíritu religioso perpetúan, hasta que Dios quiera, la obra que les encomendó.

Observación: No todas estas características las presentan todos los Institutos. Algunos cumplen la mayoría, otros algunas, otros casi ninguna, otros se alejan cada vez más de ellas y retornan a la observancia... Para los que creen que esto falta a la caridad: no hay caridad sin verdad. No nuestra verdad, sino la verdad de la Iglesia. Pero si no se sabe quién gobierna la Iglesia, o se suspira por otro modelo distinto de Iglesia, la casa se derrumba. Lo que hemos dicho, lo hemos visto con nuestros ojos, escuchado con nuestros oídos, leído en muchos testimonios. La verdad ofende.

martes, enero 05, 2010

Dietrich von Hildebrand y la cuestión de la Misa Tradicional

Dietrich von Hildebrand, fué uno de los filósofos cristianos más eminentes del mundo. Profesor en la Universidad Fordham, el Papa Pio XII lo llamó «el Doctor del siglo XX en la Iglesia», Juan Pablo II lo definió como «Uno de los más grandes eticistas del Siglo XX», sobre él Benedicto XVI afirmó: “Cuando la historia intelectual de la Iglesia Católica en el siglo XX sea escrita, el nombre de Dietrich von Hildebrand será más prominente entre las figuras de nuestro tiempo”.
Es autor de muchos libros, incluyendo la Transformación en Cristo y Liturgia y Personalidad.

La argumentación para la nueva liturgia han sido con esmero empaquetada y debe ahora ser aprendida de memoria. La nueva forma de la misa está diseñada para engarzar al celebrante y al fiel en una actividad comunal. «En el pasado el feligrés atendía la Misa en aislamiento personal, cada adorador practicando sus devociones privadas, o cuando mejor, siguiendo los procedimientos en su misal.» «Hoy el fiel puede comprender el carácter social de la celebración; aprende a apreciarlo como una comida de comunidad. Antes, el sacerdote mascullaba en una lengua muerta, que creó una barrera entre el sacerdote y la gente. Ahora cada uno habla en inglés, que tiende a unir al sacerdote y la gente el uno con el otro.» «En el pasado el sacerdote decía la misa con su espalda a la gente, que creaba el ambiente de un rito esotérico. Hoy, debido a que el sacerdote afronta a la gente, la misa es una ocasión más fraternal.» «En el pasado el sacerdote entonaba cánticos medievales extraños. Hoy la asamblea entera canta canciones con melodías fáciles y poema lírico familiar, y experimenta hasta con la música folklórica.» La argumentación para la nueva misa, entonces, trata de esto: hacer sentir al fiel más en casa, en la casa de Dios.
Mi preocupación no es la situación legal de los cambios. Enérgicamente no deseo ser entendido como lamentando que la Constitución haya permitido al vernáculo complementar el latín. Lo que deploro es que la nueva misa sustituye la misa latina, que la vieja liturgia está siendo imprudentemente desechada, y negada a la mayor parte del Pueblo de Dios.
Quisiera hacer varias preguntas a aquellos que fomentan este desarrollo:
¿La nueva misa, más que la vieja, incita al espíritu humano? ¿evoca un sentido de eternidad? ¿Ayuda a elevar nuestros corazones de las preocupaciones de la vida diaria - de los aspectos puramente naturales del mundo - hacia Cristo? ¿Aumenta la reverencia, una apreciación de lo sagrado?
Por supuesto que estas preguntas son retóricas, y autocontestables.
Las formulo porque pienso que todos los Cristianos atentos querrán sopesar su importancia antes de llegar a una conclusión sobre los méritos de la nueva liturgia.
¿Cuál es el papel de la reverencia en una vida realmente cristiana, y sobre todo en una adoración realmente cristiana de Dios?
La reverencia da al Ser la oportunidad de hablarnos: la grandeza última del hombre es el ser capax Dei. La reverencia es de importancia capital para todas las esferas fundamentales de la vida del hombre. Puede ser correctamente llamada «la madre de todas las virtudes», pues es la actitud básica que todas las virtudes presuponen. El gesto más elemental de la reverencia es una respuesta a ser uno mismo. Esta distingue a la autónoma majestad del ser, de una mera ilusión o ficción; es un reconocimiento de la consistencia interior y positiva del ser - de su independencia de nuestros humores arbitrarios. La reverencia da al ser la oportunidad de desplegarse a sí mismo, para, así como era, hablarnos; fecundar nuestras mentes. Por lo tanto la reverencia es indispensable a cualquier conocimiento adecuado del Ser.
La profundidad y la plenitud del Ser, y sobre todo sus misterios, nunca serán revelados a nadie sino solo a la mente reverente. Recuerde que la reverencia es un elemento constitutivo de la capacidad para «sorprenderse», que Platón y Aristóteles afirmaron que es la condición indispensable para la filosofía.
En efecto, la irreverencia es una fuente principal del error filosófico. Pero si la reverencia es la base necesaria para todo el conocimiento confiable del ser, es además, indispensable para comprender y ponderar los valores basados en el ser. Sólo el hombre reverente que está listo a admitir la existencia de algo mayor que él, quién quiere ser silencioso y dejar al objeto hablarle - quién se abre - es capaz de entrar en el mundo sublime de los valores. Además, una vez que una gradación de valores ha sido reconocida, una nueva clase de reverencia está en orden- una reverencia que no responde sólo a la majestad de ser como tal, sino al valor específico de un ser específico y a su fila en la jerarquía de valores. Y esta nueva reverencia permite el descubrimiento de todavía otros valores.
El hombre refleja su carácter esencialmente receptivo como una persona creada, únicamente en la actitud reverente; la grandeza última del hombre debe ser capax Dei. El hombre tiene la capacidad, en otras palabras, de comprender algo mayor que él, ser afectado y fecundado por ello, abandonársele para su propio bien - en una respuesta pura a su valor. Esta capacidad de superarse distingue al hombre de una planta o un animal; éstos últimos se esfuerzan sólo por desplegar su propio ser.
Ahora: sólo el hombre reverente es quien puede superarse conscientemente y así conformarse a su condición humana fundamental y a su situación metafísica.
¿Encontramos mejor a Cristo elevándonos hasta Él, o arrastrándole a nuestro mundo rutinario?
El hombre irreverente por contraste, se acerca al ser en una actitud de superioridad arrogante o de familiaridad indiscreta, satisfecha. En cualquier caso él está discapacitado; es el hombre que va tan cerca de un árbol o edificio quien ya no puede verlo. En vez de permanecer a la distancia espiritual apropiada, y mantener un silencio reverente de modo que el ser pueda decir su palabra, él se impone y así, en efecto, silencia al ser. En ninguna esfera es la reverencia más importante que la religión. Tal como hemos visto, esta afecta profundamente la relación del hombre hacia Dios. Pero además penetra la religión entera, sobre todo la adoración a Dios. Hay un eslabón íntimo entre reverencia y santidad: la reverencia nos permite experimentar lo sagrado, elevarse sobre lo profano; la irreverencia nos ciega al mundo entero de lo sagrado. La reverencia, incluyendo el sobrecogimiento - incluso temor, miedo y temblor - es la respuesta específica a lo sagrado.
Rudolf Otto ha desarrollado claramente este punto en su famoso estudio «La Idea de lo Santo». Kierkegaard también llama la atención al papel esencial de la reverencia en el acto religioso, en el encuentro con Dios. ¿Y no temblaron los Judíos en el temor profundo cuándo el sacerdote trajo el sacrificio en el sancta sanctorum? ¿No fué golpeado Isaiah con el miedo piadoso cuándo vio a Yahweh en el templo y exclamó, «el infortunio es conmigo, estoy condenado! pues soy un hombre de labios sucios… pero aún mis ojos han visto al Rey»? ¿Acaso las palabras de San Pedro después de la pesca milagrosa, «apártate de mí, oh Señor, porque soy un pecador» no declaran que cuándo la realidad de Dios fuerza la entrada sobre nosotros nos golpea con miedo y reverencia? El cardenal Newman ha demostrado en un sermón aturdidor que el hombre que no teme y no reverencía no ha conocido la realidad de Dios.
Cuando San Buenaventura escribe en Itinerium Mentis ad Deum que sólo un hombre de deseo (como Daniel) puede entender a Dios, él quiere decir que una cierta actitud del alma debe ser alcanzada a fin de entender el mundo de Dios, en el cual Él quiere conducirnos.
Este consejo es sobre todo aplicable a la liturgia de la Iglesia. El sursum corda - levantemos nuestros corazones - es la primera exigencia para la verdadera participación en la misa. Nada podría obstruir más el encuentro del hombre con Dios que la noción de que «vamos al altar de Dios» del mismo modo en el que vamos a una reunión social agradable, relajante. Esto es el motivo por el cual la misa latina con el Canto gregoriano que nos levanta hasta una atmósfera sagrada, es inmensamente superior a una misa vernácula con canciones populares, que nos abandona en una atmósfera profana simplemente natural.
El error básico de la mayor parte de las innovaciones es imaginar que la nueva liturgia lleva al santo sacrificio de la misa más cerca hacia el fiel, que esquilado de sus viejos rituales la misa ahora se introduce en la sustancia de nuestras vidas. Porque la pregunta es si en la misa encontramos mejor a Cristo elevándonos hacia Él, o arrastrándole a nuestro propio caminante mundo rutinario. Los innovadores sustituirían la santa intimidad con Cristo por una familiaridad impropia. La nueva liturgia realmente amenaza con frustrar el encuentro con Cristo pues desalienta la reverencia ante el misterio, impide el temor y casi extingue un sentido de santidad. Lo que realmente importa, seguramente, no es si los fieles se sienten como en su casa en la misa, sino si los saca de su vida ordinaria hacia el mundo de Cristo - si su actitud es la respuesta de la reverencia última: si son imbuidos de la realidad de Cristo.
Aquellos que se expresan con inmoderado entusiasmo sobre la nueva liturgia hacen mucho del punto que durante los años la misa había perdido su carácter comunal y se había hecho una ocasión para la adoración individualista. La nueva misa vernácula, insisten, restaura el sentido de comunidad sustituyendo las devociones privadas con la participación de la comunidad. Mas ellos olvidan que hay diferentes niveles y clases de comunión con otras personas. El nivel y la naturaleza de una experiencia de comunión está determinada por el tema de la comunión, el nombre o la causa en la cual los hombres están reunidos. Entre más alto el bien que el tema representa y que enlaza a los hombres, más sublime y más profunda es la comunión. Obviamente la escencia y la naturaleza de una experiencia de comunidad en el caso de una gran emergencia nacional son radicalmente diferentes de la experiencia de comunidad de un cóctel. Y por supuesto las diferencias más asombrosas en comunidades serán encontradas entre la comunidad cuyo tema es lo sobrenatural y aquella cuyo tema es simplemente natural. La realización de las almas de los hombres que son realmente tocados por Cristo, es la base de una comunidad única, una comunión sagrada, una cuya calidad es incomparablemente más sublime que aquella de cualquier comunidad natural. La auténtica comunión entre los fieles que la liturgia del Jueves Santo expresa tan bien en las palabras «congregavit nos in unum Christi amor», es sólo posible como fruto de la comunión Tu-yo con Cristo mismo. Sólo una relación directa al Dios-hombre puede realizar esta unión sagrada entre los fieles.
La despersonalizante «experiencia común» es una teoría perversa de la comunidad.
La comunión en Cristo no tiene nada de la auto afirmación encontrada en las comunidades naturales. Esta respira de la Redención. Esta libera a los hombres de todo egocentrismo. Mas aún tal comunión enfáticamente no depersonaliza al individuo; lejos de disolver a la persona en lo cósmico, en el desmayo panteísta tan a menudo alabado entre nosotros estos días, realiza al verdadero ser de la persona en un modo único. En la comunidad de Cristo el conflicto entre persona y comunidad que está presente en todas las comunidades naturales no puede existir. Luego esta experiencia de comunidad sagrada está realmente en guerra con la despersonalizante «experiencia común» encontrada en asambleas masivas y reuniones populares que tienden a absorber y evaporar al individuo. Esta comunión en Cristo que estaba tan totalmente viva en los siglos cristianos tempranos, que todos los santos entraron y que encontró una expresión incomparable en la liturgia ahora bajo ataque - esta comunión nunca ha considerado a la persona individual como un mero segmento de la comunidad, o como un instrumento para servirlo. En esta unión vale la pena notar que la ideología totalitaria no solo sacrifica el individuo al colectivo; algunas ideas cósmicas de Teilhard de Chardin, por ejemplo, implican el mismo sacrificio de la colectividad. Teilhard subordina al individuo y su santificación al supuesto desarrollo de la humanidad. En un tiempo en el que esta perversa teoría de la comunidad es abrazada incluso por muchos Católicos, hay motivos claramente urgentes de insistir enérgicamente en el carácter sagrado de la verdadera comunión en Cristo. Yo sostengo que la nueva liturgia debe ser juzgada por esta prueba: ¿contribuye esta a la auténtica comunidad sagrada? Se da por hecho que se esfuerza por un carácter de comunidad; ¿pero es este el carácter deseado? ¿Es esta una comunión basada en recogimiento, contemplación y reverencia? ¿Cuál de los dos - la nueva misa, o la misa latina con el Canto gregoriano - evoca estas actitudes del alma con más eficacia, permitiendo así una comunión más profunda y verdadera? ¿No está claro que con frecuencia el carácter de comunidad de la nueva misa es puramente profano, que, como con otras reuniones sociales, su mezcla de relajación ocasional y ajetreada actividad impide un encuentro reverente, contemplativo con Cristo y con el misterio inefable de la Eucaristía?
POR SUPUESTO NUESTRA ÉPOCA está penetrada por un espíritu de irreverencia. Está vista en una noción deformada de la libertad que exige derechos rechazando obligaciones, que exalta la autoindulgencia, que aconseja el «dejate ir». El habitare secuni de los Diálogos de San Gregorio - la morada en presencia de Dios - que presupone la reverencia, es hoy considerado algo no natural, pomposo, o servil. ¿Pero no es la nueva liturgia un compromiso con este espíritu moderno? ¿De donde viene el desprecio de arrodillarse? ¿Por qué debería la Eucaristía ser recibida estando de pie? ¿Es el no arrodillarse, en nuestra cultura, la expresión clásica de adorar la reverencia? El argumento que en una comida nosotros deberíamos estar de pie más bien que arrodillarnos es apenas convincente. En primer lugar, este no es la postura natural para la comida: nos sentamos, y en el tiempo de Cristo uno posaba. Pero lo que es más importante en esto es una concepción expresamente irreverente de la Eucaristía para acentuar su carácter como una comida a costa de su carácter único como un misterio santo. Acentuar la comida a expensas del sacramento seguramente delata la tendencia a obscurecer la santidad del sacrificio. Esta tendencia es aparentemente atribuible a la desafortunada creencia que la vida religiosa se hará más viva, más existencial, si está sumergida en nuestra vida diaria. Pero esto es correr el peligro de absorber lo religioso en lo mundano, de borrar la diferencia entre lo sobrenatural y lo natural. Temo que esto represente una intrusión inconsciente del espíritu naturalista, del espíritu más totalmente expresado en el inmanentismo de Teilhard de Chardin.
Otra vez ¿por qué ha sido abolida la genuflexión en las palabras et incarnatus est en el Credo? ¿No era esta una expresión noble y hermosa de adorar la reverencia profesando el abrasador misterio de la Encarnación? Independientemente de la intención de los innovadores, ciertamente han creado el peligro, si acaso sólo psicológico, de disminuir la conciencia y el temor de los fieles al misterio. Hay aún otra razón para vacilar en hacer cambios a la liturgia que no son estrictamente necesarios. Los cambios frívolos o arbitrarios tienen tendencia a erosionar un tipo especial de reverencia: pietas. La palabra latina, como el Pietaet alemán, no tiene ningún equivalente inglés, pero puede ser entendida como el compromiso por el respeto de la tradición; la honra a lo que nos ha sido pasado por antiguas generaciones; fidelidad a nuestros antepasados y sus trabajos. Note que la piedad es un tipo derivado de la reverencia y por lo tanto no debería ser confundida con la reverencia primaria, que hemos descrito como una respuesta al mismo misterio de ser, y por último una respuesta a Dios. Resulta que si el contenido de una tradición dada no corresponde al objeto de la reverencia primaria, esto no merece la reverencia derivada. Así si una tradición encarna malos elementos, como el sacrificio de seres humanos en el culto de los aztecas, entonces aquellos elementos no deberían ser considerados con pietad. Pero no es el caso cristiano. Aquellos que idolatran nuestra época, quiénes se conmueven en lo que es moderno simplemente porque es moderno, quiénes creen que en nuestros días el hombre por fin ha llegado a su «mayoría de edad» carecen de pietad. El orgullo de estos «nacionalistas temporales» no es sólo irreverente, es incompatible con la verdadera fe. Un Católico debería considerar su liturgia con pietad. Él debería reverenciar, y por lo tanto temer abandonar los rezos y posturas y música que han sido aprobados por tantos santos a lo largo de la era cristiana y entregados a nosotros como una herencia preciosa.
Para no ir más lejos: la ilusión que podemos sustituir el Canto gregoriano con sus inspirados himnos y ritmos, por una igualmente fina, si no es que mejor música, delata una ridícula confianza en sí mismo y la carencia de auto conocimiento. No olvidemos que en todas partes de la historia del cristianismo, el silencio y la soledad, la contemplación y el recogimiento, han sido considerados necesarios para conseguir un verdadero encuentro con Dios. Este no es sólo el consejo de la tradición cristiana, que debería ser respetada por piedad; sino que está arraigado en la naturaleza humana. El recogimiento es la base necesaria para la verdadera comunión del mismo modo en que la contemplación proporciona la base necesaria para la verdadera acción en la viña del Señor. Un tipo superficial de comunión - la camaradería jovial de un asunto social - nos saca a la periferia. Una comunión realmente cristiana nos hace entrar en las profundidades espirituales.
El camino a una verdadera comunión cristiana: Reverencia.. Recogimiento.. Contemplación
Por supuesto deberíamos deplorar un excesivo y sentimental devocionalismo y reconocer que muchos Católicos lo han practicado. Pero el antídoto no es una experiencia de comunidad como tal, así como la cura para la pseudocontemplación no es la actividad como tal. El antídoto debe animar a la verdadera reverencia, a una actitud de recogimiento auténtico y devoción contemplativa a Cristo. Solo desde esta actitud puede tener lugar una comunión verdadera en Cristo. Las leyes fundamentales de la vida religiosa que gobiernan la imitación de Cristo, la transformación en Cristo, no se cambian según los humores y hábitos del momento histórico. La diferencia entre una experiencia de comunidad superficial y una experiencia de comunidad profunda es siempre la misma. El recogimiento y la adoración contemplativa de Cristo - que sólo la reverencia hace posible - será la base necesaria para una verdadera comunión con otros en Cristo en cada era de la historia humana.




Artículo original del ejemplar de octubre de 1966 de la revista Triumph

lunes, enero 04, 2010

Derribando algunos mitos protestantes sobre el oscurantismo medieval


La obra Sección I del Griego del Nuevo Testamento, que facilita en sus cursos de lenguas bíblicas la entidad protestante s.e.u.t. (Seminario Evangélico Unido de Teología, ligado a la Iglesia Evangélica Española y a la Iglesia Española Reformada Episcopal), no se centra en la lengua griega, como sería de esperar, sino que incursiona en el terreno de la exégesis y de la historia al exponer algunos de los principios “exegéticos” de la pseudo-reforma protestante, así como al enseñar sin rubor los mitos de la historiografía “reformada”. Vamos a ver cómo esta obra maestra de manipulación ideológica carece de base científica y bíblica.

Mito primero
Se trata de la supuesta ignorancia de los pueblos de Europa en materia bíblica antes de la pseudo-reforma protestante, tal y como se afirma en la lección 34 de la Sección I (pág. 5.8), donde se dice a propósito de la Edad Media, la “Edad de las tinieblas”, que dicha ignorancia se debía a estar escrita la Biblia “sólo en idiomas antiguos, como el latín y el griego. La Biblia estaba sólo disponible, mayormente, en latín, y el hombre corriente de entonces no estaba más versado en latín que el operario de una fábrica de Ford en la actualidad”; y “un poco antes de la Reforma, algunos comenzaron a traducir la Biblia a lenguas europeas (…) a pesar de la terrible oposición y persecución”.

Parece imposible mayor número de falsedades en tan pocas líneas.
Vamos por partes:

1) La Edad Media comienza en el siglo V d.C., a contar desde el año de la caída de Roma. En dicha época la mitad occidental del antiguo imperio romano, dominada por los bárbaros, hablaba latín y disponía de una excelente versión de la Biblia: la Vulgata de San Jerónimo; la mitad oriental del imperio, que sobrevivió hasta que los turcos conquistaron Constantinopla en el siglo XV, hablaba griego y podía leer en esa lengua tanto en Nuevo Testamento como el Viejo (este último en varias versiones, como la de los LXX); de suerte que en la Edad Media el pueblo tenía un conocimiento amplísimo de las Escrituras.

2) La Biblia se traducía a las lenguas vernáculas muchos siglos antes de la pseudo-reforma de Lutero, Calvino y compañía, pues:

a) Los santos católicos Cirilio y Metodio tradujeron la Biblia al búlgaro antiguo en el siglo IX, ¡en plena Edad Media, la “Edad de las tinieblas”! (cf. Lengua y Literatura Latinas I, autores varios, UNED, Madrid, 1986, pág. 32, e Iniciación a la fonética, fonología y morfología latinas, José Molina Yébenes, Publicacions Universitat de Barcelona: Barcelona 1993, pág. 4); así, los búlgaros podían leer la Biblia en su lengua.

b) El obispo Ulfilas (arriano, no católico), evangelizador de los godos de Dacia y Tracia, tradujo la Biblia al gótico pocos años antes de que San Jerónimo acabara la Vulgata, de suerte que cuando llegaron las “tinieblas” medievales ¡los godos podían leer la Biblia en su lengua materna! (cf. José Molina Yévenes, op. cit., pág. 5; Esteban Torre, Teoría de la traducción literaria, Ed. Síntesis, 1994, pág. 24, y UNED, op. cit., pág. 32).

c) El monje católico Beda el Venerable tradujo al anglosajón o inglés antiguo el Evangelio de San Juan poco antes de su muerte, acaecida en el año 735, o sea: ¡en plena Edad Media, “la Edad de las tinieblas”! (cf. Esteban Torre, op. cit., pág. 24).

d) El gran historiador Giuseppe Riciotti, autor de obras meritísimas como Vida de Jesucristo (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1978) e Historia de Israel (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1949), nos informa en su introducción a la Sagrada Biblia de que, en Italia, “la Biblia en lengua vulgar era popularísima en los siglos XV y XVI”, y de que “desde el siglo XIII se poseen” traducciones italianas de la Biblia, aunque “se trata de traducciones parciales”, es decir, aunque se trata de traducciones de los libros sagrados más memorables y accesibles, pues a nadie, excepción hecha de unos cuantos eruditos, le interesaba, p. ej., el elenco interminable y fastidiosísimo de las genealogías del libro de los Números (tomado de sì sì no no, n. 70, abril 1998, pág. 7).

e) La obra Historia de la Literatura I (Antigua y Medieval) (autores varios, UNED, Madrid, 1991, pág. 103) nos informa de lo siguiente tocante a las versiones castellanas de la Biblia: “hallamos en el siglo XIII otro grupo de obras formado por las traducciones de la Biblia que se realizaron en este periodo. Ya en la primera mitad del siglo nos encontramos con el primer texto conservado que se incluye en este grupo: la Fazienda de Ultramar. Pese a que algunos han querido retrasar su redacción hasta mediados del siglo XII, no parece, por su lengua, que fuere escrita en fecha tan temprana. No es una simple versión de la Biblia. Contiene, junto a la propia traducción (realizada, al parecer, no directamente de la Vulgata sino de una traducción latina del siglo XII efectuada sobre los textos hebreos), otra serie de materiales: descripciones geográficas, relatos tomados de la antigüedad clásica… Parece que pretende ser una especie de guía para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa. Mediante estas traducciones de la Biblia se consiguió que personas que sabían leer en su propia lengua pudiesen recibir más directamente las enseñanzas religiosas. Las versiones eran también aprovechadas para lectura en voz alta realizada en grupos reducidos. La Iglesia española de la época no era muy partidaria de las Biblias romances, y de hecho en el Concilio de Tarragona de 1233 llegó a prohibir su lectura. Pese a ello la traducción de las Escrituras no fue abandonada, se desarrolló ampliamente a lo largo del siglo XIII y las Biblias romanceadas fueron leídas incluso por los reyes de la época”.

Está claro: mucho antes de Calvino y Lutero, el pueblo castellano leía la Biblia en su lengua. La enorme extensión de las traducciones castellanas muestran que el derecho prohibitivo del Concilio Tarraconense o no se aplicó o enseguida cayó en desuso. Dicha decisión conciliar tenía su explicación: antes de autorizar la lectura de una versión había que mirar si acaso estaba bien hecha, sin falseamientos del texto sagrado. La escasa calidad literaria de las versiones junto con el aditamento de otros materiales no era de lo más a propósito para alejar toda sospecha; pero no se persiguió a nadie por traducir la Biblia al castellano, lo cual es muy significativo.

f) “La Edad Media presenció el florecimiento en Francia de un gran número de traducciones de la Sagrada Escritura a todas las lenguas y dialectos de Oc y de Oil [para todas las antiguas versiones francesas nos remitimos a: P. C. Chauvin, La Bible depuis ses origines jusqu'à nos jours]. Se poseen algunas que se remontan al siglo XII e incluso a finales del XI. En el siglo XIII, la Universidad de París presentó una traducción de ambos Testamentos que hizo ley durante mucho tiempo. Con todo, aparecieron otras versiones francesas, particularmente en el siglo XIV. Una de ellas, la de Guyart Desmoulins, de finales del siglo XIII pero actualizada tocante al estilo, se imprimió desde 1478 en cuanto al Nuevo Testamento, y en su totalidad en 1487″ (Daniel Raffard de Brienne, Traductor, Traditor. Les nouvelles traductions de l’Écriture Sainte, en la revista Lecture et Tradition, julio-agosto de 1986).

Lutero se jactaba de haber sido el primero en traducir la Biblia al alemán, pero ya el heresiarca Calvino le recordó que dicho honor no le pertenecía; en efecto, sabemos que el fraile editó en 1522 el Nuevo Testamento, y en 1532 lo restante, y que “se ha dicho de esta versión, con gran falta de verdad histórica, que era la primera versión alemana en lengua vernácula, cuando para entonces sólo en Alemania había catorce versiones en lengua erudita y cinco en lengua corriente. Además había muchas versiones parciales, como del Nuevo Testamento, de los Salmos… (cf. Janssen: Geschichte des deutschen Volkes seit dem Ausgang des Mittelalters, 8 vv., Friburgo, 1883-1893, tomo I, pág. 51)” (Francisco J. Montalbán, S.I., Los Orígenes de la Reforma Protestante, Razón y Fe, Madrid 1942, pág. 129).

g) El gran historiador Ricardo García-Villoslada nos informa también de las versiones germánicas de la Biblia antes de Lutero: “Muchos opinan que la obra principal de Martín Lutero en su vida fue la traducción de la Sagrada Escritura al idioma de su pueblo. No cabe duda que la versión vernácula de la Biblia y la divulgación de la misma, ofreciéndola como única norma de fe, jugó un papel importantísimo en la fundación y establecimiento de la Iglesia luterana. Exagerando sus méritos, por otra parte innegables, solía repetir que en la Iglesia, antes de él, nadie conocía ni leía la Biblia (Tischr. 3795 III 690; ibid., 6044 V 457 y otros muchos lugares). Hoy el lector se ríe de tan injustas aseveraciones, dictadas por la pasión. Recuérdese lo que dijimos de la lectura de la Biblia cuando Fr. Martín era novicio en Erfurt. Francisco Falk ha contado no menos de 156 ediciones desde la invención de la imprenta hasta 1520 (F. Falk, Die Bibel am Ausgange des Mittelalters [Maguncia 1905] 24). Sebastián Brant comienza su conocido poema Nave de los locos (1494) con estos versos: `Todos los países están hoy llenos de Sagrada Escritura -y de cuanto atañe a la salud de las almas-, de la Biblia’, etc. Traducciones alemanas de toda la Sagrada Escritura existían no pocas antes de Lutero, por lo menos catorce en alto alemán y cuatro en bajo alemán, sin contar las versiones parciales, salterios, evangeliarios, etc. En el siglo XIV se hizo en Baviera una traducción total, que el impresor alsaciano Juan Mentelin hizo estampar en Estrasburgo en 1466, y que con algunas modificaciones fue reimpresa trece veces antes de que apareciese la de Lutero, llegando a ser como una Vulgata alemana, según Grisar. (Puede consultarse la gran edición de W. Kurrelmeyer, Die erste deutsche Bibel [Tubinga 1903-15], 10 tomos con el texto primigenio y las correcciones de las 13 ediciones posteriores. Véase también W. Kurrelmeyer, The Genealogy of the Prelutheran Bibles, en The Journal of Germanic Philology, 3,2 [1900] 238-47; W. Walter, Die Deutsche Bibel: übersetzung des Mittelalters, Braunschweig 1889-92)” (García-Villoslada, Martín Lutero, BAC, Madrid 1976, t. II, pág. 399).

h) También se puede mencionar la traducción de la Biblia, en la Edad Media, a otras lenguas indoeuropeas, como el armenio (cf. UNED, op. cit., pág. 30 y Molina Yébenes, op. cit., pág. 4), hecha en el siglo V, ¡el siglo en que comienza la “Edad de las tinieblas”!

Con lo dicho hasta ahora es suficiente para demoler uno de los mitos de la historiografía protestante: la tremenda ignorancia en punto a la Biblia en que la malvada Iglesia Católica mantenía a los pueblos cristianos medievales.

Mito segundo
En la Edad Media “la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. Así que estaban `a oscuras’ por lo que respecta a toda clase de conocimiento, ya que no podía ser comunicado” (Lección 34 de la Sección I, pág. 5.8).
¡Esto es genial! ¿Dónde debió estudiar historia el autor? ¿En un cursillo televisivo de la BBC?

Veamos lo que nos dice sobre este asunto esa ciencia llamada Historia: “En la Edad Media, como en todas las épocas, el niño va a la escuela. Por lo general, es la escuela de su parroquia o del monasterio más cercano. En efecto, todas las iglesias tienen una escuela: a ello obliga el Concilio de Letrán de 1179, y en Inglaterra, país más conservador que el nuestro, todavía puede verse la iglesia junto a la escuela y el cementerio. Muchas veces son fundaciones señoriales las que garantizan la instrucción de los niños; Rosny, una pequeña aldea a orillas del Sena, tenía desde comienzos del siglo XVIII una escuela que había fundado hacia el año 1200 su señor Gui V Mauvoisin. Otras veces se trata de escuelas exclusivamente privadas; los habitantes de un poblado se asocian para mantener a un maestro que toma a su cargo la enseñanza de los niños. (…)También los capítulos de las catedrales estaban sometidos a la obligación de enseñar dictada por el Concilio de Letrán (Nota 1: En cada diócesis, dice Luchaire, aparte de las escuelas rurales o parroquiales que ya existían… los capítulos y los principales monasterios tenían sus escuelas, su personal de profesores y alumnos. La societé française au temps de Philippe Auguste, pág. 68). El niño entraba en ellas [en las escuelas] a los siete u ocho años de edad, y la enseñanza que preparaba para los estudios universitarios se extendía a lo largo de una década, lo mismo que hoy, de acuerdo con los datos que proporciona el abad Gilles el Muisit. Varones y niñas estaban separados; para las niñas había establecimientos particulares, tal vez menos numerosos, pero donde los estudios alcanzaban a veces niveles muy altos. La abadía de Argenteuil, donde se educó Eloísa, proporcionaba el aprendizaje de la Sagrada Escritura, letras, medicina y hasta cirugía, aparte del griego y el hebreo, que introdujo Abelardo. En general, las escuelas daban a sus alumnos nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología, que les permitían acceder a las ciencias que se estudiaban en la Universidad; algunas incluían alguna enseñanza técnica. La Histoire Littéraire menciona como ejemplo la escuela de Vassor en la diócesis de Metz, donde al mismo tiempo que aprendían la Sagrada Escritura y las letras, los alumnos trabajaban el oro, la plata y el cobre (Nota 2: L. VII, c. 29; registrado por J. Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, pág. 348). (…) En esta época los niños de las diferentes clases sociales se educaban juntos, como lo atestigua la conocida anécdota que presenta a Carlomagno irritado contra los hijos de los barones, que eran perezosos, contrariamente a los hijos de los siervos y los pobres. La única distinción que se hacía era la de la retribución, dado que la enseñanza era gratuita para los pobres y de pago para los ricos. Veremos que esa gratuidad podía prolongarse mientras duraran los estudios y también extenderse al acceso al título, puesto que el ya mencionado Concilio de Letrán prohíbe a las personas cuya función era dirigir y controlar las escuelas `que exijan a los candidatos al profesorado una remuneración para que se les otorgue el título’. Por otra parte, en la Edad Media había poca diferencia en la educación que recibían los niños de diferente condición; los hijos de los vasallos más humildes se educaban en la mansión señorial junto a los del señor, los hijos de los burgueses ricos estaban sometidos al mismo aprendizaje que el del más humilde artesano si querían atender a su vez el comercio paterno. Ésta es sin duda la razón por la cual hay tantos grandes de origen humilde: Suger, que gobernó Francia durante la cruzada de Luis VII, era hijo de siervos; Maurice de Sully, el obispo de París que hizo construir la iglesia de Nôtre-Dame, nació de un mendigo; San Pedro Damián fue porquero en su infancia, y Gerbert d’Audrillac, una de las luces más fulgurantes de la ciencia medieval, fue también pastor; el papa Urbano VI era hijo de un zapatero de Troyes, y Gregorio VII, el gran Papa de la Edad Media, de un pobre cabrero. A la inversa, muchos grandes señores son letrados cuya educación no debió diferir en mucho de la de los clérigos: Roberto el Piadoso componía himnos y secuencias latinas; Guillermo IX, príncipe de Aquitania, fue el primero de los trovadores; Ricardo Corazón de León nos dejó poemas, lo mismo que los señores de Ussel, de Baux y muchos otros; para no hablar de casos más excepcionales como el del rey de España Alfonso X” (Régine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Ed. Juan Granica, Barcelona 1988, págs. 115-118).

Todo lo anterior, pura historia, nos presenta un cuadro de la Edad Media muy distinto del dibujado por la mitología protestante: la instrucción era vastísima, todo el mundo tenía acceso al conocimiento de las Escrituras, y la cultura era gratuita para los pobres (lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo protestantizado). ¿Dónde están, pues, las “tinieblas” medievales? Tan sólo en la mente de los mitógrafos protestantes.

Luis Fernando Pérez
Via: Congregación Obispo Luis Alois

miércoles, diciembre 30, 2009

Año nuevo, crisis vieja

El señor Barack Obama anunció el primero de noviembre, con bombos y platillos, que la crisis económica mundial que tantos estragos provocó desde setiembre del 2008 con la estrepitosa caída del “Lehman Brothers” y que desembocó en un proceso de recesión mundial, había concluido formalmente. Acto seguido se fue a bailar una rumba con Thalía, para soflama de su dignísima esposa.
¿Qué ha concluido formalmente qué? Lo que no parece darse cuenta el primer “serial killer” de color en recibir un Premio Nobel de la Paz es que, si bien se constata la bajada del precio del dinero , un leve repunte de la actividad de los mercados bursátiles y un restringido acercamiento a los préstamos bancarios que han mitigado el panorama financiero de la aldea global, nada de esto significa de por sí un motivo para que el sistema financiero y macroeconómico en pleno baile en una pata con las ocurrencias de María la del Barrio.
Hasta donde se sabe, los causantes primordiales de la susodicha crisis: la incontenible sobreacumulación del capital y la no menos refrenable sobreproducción sin compradores posibles siguen en pie, demostrando al mundo cuán cateto puede ser ese pecado capital de la codicia humana. Y para muestra vaya y véase cómo es que tambalean las industrias automotrices y el sector inmobiliario a causa de ciertas políticas de Estado absolutamente incompetentes como para manejar el asunto.
La causa de tanta necedad es simplemente la codicia, lo mismo que fue la Madame Codicia la invitada de honor en el sketch cómico ese de Copenhague, la que se opuso a todos los planteamientos inteligentes que pudieron surgir de dicho foro, por la sencilla razón de que aquello “significarían un inmenso atraso al sostenimiento industrial de las naciones”. Claro, y mientras tanto que desaparezcan los bosques, que los pobres se coman entre ellos y que Marc Anthony nos cante una salsita en Groenlandia, convertida muy pronto en la sucursal climatológica de Puerto Rico.
La Codicia es la que inspiró asimismo el famoso “Plan Paulson” que rescataba bancos mafiosos a costa de dejar en la mera calle a no pocos ciudadanos norteamericanos sumidos en la bancarrota; el mismo que fue calcado hasta la náusea en los parajes europeos. ¿Y todo para qué? Para salvar un sistema financiero que está más muerto que Michael Jackson. En consecuencia se agravaron los abismos sociales, los capitalistas buscaron parajes asiáticos en busca de mano de obra barata dejando tras de sí miriadas de parados por toda Europa; se agudizó entonces la inestabilidad no solo al nivel financiero, sino también al plano social; está en proceso la creciente contracción del pequeño comercio, lo que unido a un progresivo hundimiento de valores bursátiles, terminará generando una deflación generalizada. Finalmente todo esto generará, al menos en Europa y Norteamerica, un incremento de las políticas y prácticas xenófobas; congelación de salarios; etc.
Asistimos entonces al efecto dominó de una serie de eventos macroeconómicos que, en definitiva, deberán conducir a redefinir las políticas económicas de los pueblos. Oremos a Dios para que esa vez quede, por lo menos, una esperanza de redención social y política.
Lamentablemente, para el mundo, la codicia es un vicio harto difícil de erradicar. Incluso en las situaciones límite donde queda en juego la vida o supervivencia de la humanidad en su conjunto. Ya lo hemos comprobado en Copenhague. Y ese sistema que nos infesta y que nos ha conducido a todo esto no es otra cosa que la concupiscencia del lucro, lleva en sus entrañas su propia ruina sin poder jamás, ni siquiera por un instante, proporcionar el bienestar económico del hombre. En otras palabras: es esencialmente antieconómico. Como bien dijo Julio Meivielle; es el moderno Moloch que devora el bienestar de la especie humana: devora el interés del consumidor, que no entra en cuenta sino en cuanto permite la aceleración de la producción, y con ésta, la aceleración de la ganancia (por esto, como cosa general, se le proporcionan artículos superfluos, o de mala calidad, a precio relativamente caros); devorador del productor, que ha de vivir afiebrado en la aceleración de su producción y en el mejoramiento de los utensilios técnicos, sí no quiere sucumbir en la concurrencia industrial –aún a costa del ecosistema y la dignidad humana-; devorador del comerciante, que ha de someterse al febril dinamismo del consumidor regido por la infinita veleidad del capricho y a la aceleración de las novedades industriales, sin tener tiempo de liquidar sus stocks anticuados; devorador del financista, que ha de ir a la caza del consumidor, del productor y del comerciante, para acelerar también él, vertiginosamente, sin dormirse, la productividad de su dinero.